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Cuaderno de bitácora. Día 18. Rutinas, rutinas, rutinas…

09 ANTE LA SEÑORITA ROTTENMEIER

Afrontamos una nueva semana sin el capitán. Con mucho ánimo, que no se diga. Y descansaditos.

He de reconocer que, aunque cansada, la travesía se está desarrollando si demasiados contratiempos y mucho mejor de lo esperado. Así que cruzo los dedos para que siga así, no vaya a ser que al transformar los pensamientos en palabras cambie mi buena suerte.

Aunque, a decir verdad, no creo en la buena suerte. Creo que el buen comportamiento de los grumetes lleva detrás horas, días, semanas, meses, años de trabajo, de rutinas, de mantenerse firmes con lo realmente importante.

Sí. A pesar de lo complejos y desquiciantes que pueden llegar a ser los niños, mi escasa experiencia en la materia me ha enseñado en que las rutinas son esenciales para ellos. Y si se las cambias es cuando aparecen los problemas.

Baño, cena, pis, dientes, cuento y a dormir. Y sí, en este caso, el orden de los factores sí altera el producto. ¿Y por qué nos bañas después de cenar?, ¿y por qué hoy no hay cuento?, ¿y por qué?…

Así que, desde la ausencia del capitán he intentado aparcar o superficial y centrarme en esas rutinas que hay que respetar como sea para evitar motines a bordo. De lunes a viernes no hay tablet -sí, qué pasa, juegan con ella un rato los fines de semana-. Se quejan y patalean hasta que se dan cuenta de que no te van a hacer cambiar de opinión. Por mucho que te miren con los ojitos del gato de Shrek hay que mantenerse firmes, no hay que sucumbir a sus encantos…

De lunes a domingo se desayuna y come en la cocina. Lo viernes, sábados y domingos, se cena en el salón algo rico viendo una peli… Cuando estamos los tres solos se cuenta el cuento en la cama grande y cuando están los contramaestres, mamá se turna a la hora de contar el cuento. Si cada día hiciera lo que más me apetece o lo que me resulta más cómodo, estaría perdida.

Pero no vayáis a pensar que éste el barco de la señorita Rottenmeier, aunque a veces por mis gritos la vecina debe pensar lo contrario.

Si se portan bien, ¿por qué no van a tener una pequeña recompensa? Una chuche, guerra de cosquillas… Pero lo siento, en lo esencial, no cedo. O, al menos, lo intento.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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