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Cuaderno de bitácora. Día 17. Abdominales caseros, todo es ponerse

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Despedimos otra semana sin el capitán. Y lo hago a lo grande, con una sesión de 40 minutos de abdominales, core o como queráis llamarlo.

Hoy contaba con salir a correr pero los contramaestres -abuelos- no han podido venir. He puesto en marcha mi cerebro con un plan A y un plan B.

Plan A: aprovechar el buen tiempo y salir a correr mientras los grumetes montaban en bici. No ha podido ser. Varios mensajes de ‘wasap’ me alertaban de que los amigos de los niños navegaban por el parque, así que, cambio de planes. Además, no estoy segura de que podamos siquiera aguantar 20 minutos seguidos sin algún contratiempo.

Plan B: hacer una sesión de abdominales una vez se hayan dormido. Todo un reto ya que, excepto tras mis dos embarazos, nunca he sido capaz de hacer nada en casa. Pero cuando no queda otra es sólo cuestión de ponerse. Mejor no pensarlo demasiado. O eso o nada. Así que la elección está clara.

Y me he metido una sesión mala ‘palcuerpo’. Con algún fondo de brazos y unas sentadillas de regalo.

Está claro. Todo es cuestión de actitud.

Foto: pixabay

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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