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Cuaderno de bitácora. Día 16. Así limpiaba así así…

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Estamos a punto de sobrevivir a un nuevo fin de semana sin el capitán. De momento, todo parece estar bajo control.

Los grumetes se portan estupendamente. Como es normal en cualquier travesía, en ocasiones tenemos nuestros pequeños enfrentamientos, pero nada que se salga de lo normal. Si no, no serían niños.

Aunque los contramaestres -abuelos- me ayudan con la casa, y al igual que hacía antes de que se marchara el capitán, me gusta dar un pequeño repaso a la casa. No recuerdo haber sido nunca tan maniática de la limpieza como ahora. Quizás porque sin niños es infinitamente más fácil mantener el orden y la limpieza de la casa.

Con los grumetes en el patio del cole y en el parque todo el día -ya no sé si es bueno o malo que no tengamos invierno-, aparece tierra en la casa en todos los rincones. Y no hay nada que más odie que ir descalza e ir pisando tierrecilla. Sin contar el desagradable sonido que hace la puerta del baño cuando ‘pilla’ una piedrecita #horrorpavor.

Así que sólo me falta dormir con la escoba o con el aspirador de mano -mi autorregalo de reyes de hace dos años-. Tiempo al tiempo. No lo descarto.

Y no es que no me guste limpiar. Realmente me gusta -sobre todo si puedo aprovechar para ver alguna serie en la tablet-. Y total, para nada porque apenas media hora después de que se hayan despertado los grumetes, la casa vuelva a estar hecha unos zorros. Y vuelta a empezar…

Así que, con una lavadora programada para mañana a primera hora y un pequeño repasito a la borda, me despido, como no podía ser de otra manera, agotada pero feliz.

 

Foto: pixabay

 

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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