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Cuaderno de bitácora. Día 8. Si bwana o cómo no acabar loca

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El viaje sigue su curso. De momento, mucho más traquilo de lo esperado, gracias, sin duda, a la inestimable ayuda de los contramaestres (abuelos). Además, los grumetes también están poniendo las cosas bastante fáciles. Ahora mismo firmaba porque los próximos meses fueran así.

Lo que no quita que en algunos momentos deseara que alguien los hubiera inventado, si no con un botón de encendido o apagado, al menos sí con uno del volumen.

La travesía hasta la escuela de música algo estresante. Los dos grumetes hablándome al miso tiempo, contándome al unísono sus batallitas, cantándome la canción aprendida hoy en educación vial o la anécdota del día.

Mamá, ¿me has escuchado?, ¿mañana puedo ir a casa de Héctor?, ¿podemos ver una peli después de cenar?, ¿podemos beber coca cola?, ¿sdsanmdnue?, ¿dsndsnods?, ¿ssknskankabbs? y mil preguntas más.

Y yo, mirando y escuhando a uno, mirando y escuchando al otro, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. Mirando a través de la ventana del autobús para no pasarnos de parada. Volviéndome loca porque, si ya de por sí estas situaciones le vuelven loco a uno, no os quiero ni contar si además, como es mi caso, no oyes nada -cero patatero- por un oído. Hay piratas con pata de palo y piratas como yo, con audición en 2D.

Sí cariño, sí claro, por supuesto, como quieras, sí bwoana…

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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