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Mis tres secretos para correr siendo una mamiruner

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Los que me conocéis sabéis que trabajo, soy madre de dos niños y corro. Corro todo lo que puedo.

Mi tiempo libre, como para la inmensa mayoría de los mortales es muy limitado. De hecho, creo que si me dejara llevar por todas las cosas que siempre estoy pendiente de hacer, nunca tendría un hueco para mí. Siempre quedan cosas en el tintero, cosas por hacer…

Para mí, tan importante es mi familia como el trabajo y mi tiempo libre. Sí. Aunque puede parecer exagerado, si renunciara a alguna de ellas, el resto se resentiría.

Obviamente, tengo prioridades. Siempre va a estar la familia por delante del running o del trabajo y el trabajo por delante de correr. La clave es buscar el equilibrio que, aunque no parece sencillo, no es imposible.

En mi caso, son también los pilares sobre los que se sustenta mi día a día. Los que me permiten ese equilibrio tan sano y necesario para sentirme feliz.

.- Organización. Tengo asumido que no puedo entrenar todos los días así que miro la agenda de la semana y organizo los entrenamientos en función de ella: actividades extraescolares, ruedas de prensa… y fijo los días de semana que puedo entrenar. Y procuro no saltarme ninguno salvo causa de fuerza mayor. Mi gran aliado es el fin de semana. Suelo salir a correr cuatro días a la semana, de tal manera que con el sábado y el domingo libres, ya sólo tengo que sacar hueco otros dos días entre semana.

.- Esfuerzo. Salir a correr un martes a las 7 de la mañana es lo que menos me apetece. Pero si es el único hueco del que dispongo, no lo pienso demasiado. Intento acostarme pronto y disfrutar de la sensanción de tener los deberes hechos a primera hora de la mañana. Una cosa menos… También preferiría quedarme en la cama un sábado por la mañana hasta que se levanten los niños, pero muchas veces tampoco es posible. Mi marido también corre y si queremos aprovechar el finde, tenemos que organizarnos bien y salir prontito. Quien algo quiere algo le cuesta, como suele deciste.

.- Dejarse ayudar. Recuerdo cuando nació Nicolás. Quería controlarlo todo. Hacerlo yo todo. No quería que nadie nos ayudara ni a Tony ni a mí con el peque. He tenido la inmensa fortuna de tener una pareja que siempre se ha volcado al 100% con sus dos hijos y conmigo. Siempre digo que él parece más la madre y yo el padre en nuestra relación familiar. Cambió el primer pañal de Nicolás cuando a mí me costaba horrores moverme por los puntos y los estuvo cambiando durante toda una semana. Pero quere controlarlo todo limitaba mucho el tiempo que podía sacar para correr. Con el tiempo, y poco a poco he ido delegando en mis padres y en mis suegros y no solo eso, sino que he conseguido no sentirme siempre culpable por dejar a los niños con ellos y salir a correr. De ese sentimiento de culpa sabe mucho mi amiga Gema. Pero daría para escribir otro post -me lo apunto…-

Al meter en una coctelera estos tres ingredientes consigo, aunque parezca mentira, sentirme feliz. Sentir que por ser madre tengo que renunciar a una de mis grandes pasiones: correr.

Con esto no quiero decir que sea fácil. Hay días, semanas, que cuesta llegar a todo. Hay viernes en los que sólo puedo pensar en meterme en la cama y, sin embargo, cualquier esfuerzo merece la pena.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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