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Cansada de quienes piensan que es necesario correr un maratón para ser un CORREDOR

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Desde hace muchos meses quería escribir este post y por fin, me he decidido a hacerlo.

¿Es necesario correr un maratón para ser un CORREDOR? ¿Qué pasa si un runner no corre en su vida la distancia de Filípides?, ¿es por ello menos que alguien que se haya enfrentado uno, cinco o mil veces a esta distancia?

Por lo que leo a diario en redes sociales estoy convencida de que hay mucha gente que piensa así. Que minusvalora distancias mucho más pequeñas -y no me refiero a la media maratón, que también es una distancia maja-, como carreras de 10 kilómetros o menos.

Yo no estoy en absoluto de acuerdo. De hecho, creo que una maratón es una distancia asequible a cualquiera que se proponga correrla. Lo que ya no creo es que esté al alcance de alguien que quiera correrla bien. Alguien capaz de terminarla con el sufrimiento que una carrera de estas características conlleva, pero sin lesionarse gravemente y sin agonizar. Porque, por muy heroico que nos pueda parecer, ver imágenes de auténtico dolor y sufrimiento en los últimos kilómetros de esta prueba, es más bien una auténtica irresponsabilidad. Poner en riesgo nuestra salud a lo tonto y a lo bobo.

Seguramente pensaréis que no tengo ni idea. Sólo he corrido una maratón en mi vida. Y para algunos/as, la 261wm, ni siquiera cuenta como maratón. Menuda estupidez. Obviamente, lo que aquí vierto es sólo mi opinión.

Yo he tardado casi diez años en enfrentarme a esta prueba y lo hice por un impulso, pero con la garantía de que podría terminar la carrera decentemente (03:53:00) y aún así, hoy no estoy tan segura de volver a enfrentarme a esta prueba si no es para hacerlo en menos tiempo para que mi cuerpo sufra lo menos posible. Pero nunca se sabe, así que no voy a hablar demasiado alto.

Recuero de aquella maratón cómo toda la energía de mi cuerpo se evaporó allá por el kilómetro 30. Pero también he de decir que he sufrido muchísimo más intentando bajar de 45 minutos en un 10 km. El sufrimiento, al menos tal y como yo lo sentí, es mucho más físico, mientras que en la maratón -al menos en mi caso y creo que en el de muchos maratonianos- es más psicológico.

Por eso me cabrea un poco que se minusvalore las pruebas cortas que son, a mi entender, mucho más duras que la maratón, al menos desde un punto de vista físico. Estar 45 minutos -o los que sean- sufriendo al máximo, desde el minuto 1 es muy duro. Se sufre mucho corriendo rápido. Se sufre horrores haciendo un fartlek o series a muerte para un diezmil.

En la maratón, en cambio, si vas bien preparado y si corres al ritmo al que has estado entrenando -obviamente quien se pasa de frenada sufre más que nadie desde el principio-, el sufrimiento acaba siendo más psicológico. Cuando decidí correr la maratón tuve que bajar el ritmo de los fartleks y, aunque las tiradas largas eran bastante soporíferas, no llegué a sufrir tanto físicamente como cuando he preparado distancias más cortas. Psicológicamente, por el contrario, sí me costó bastante más, especialmente por las tiradas extralargas.

Respetemos por favor todas las distancias. Tan válido es correr un cross de 6 kilómetros y hacerlo a toda pastilla, hasta terminar por el suelo con ganas de vomitar, como correr 42,195 metros. Si tan sencillo es correr un diezmil, ¿por qué muchos populares no lo preparan a conciencia, sufriendo como nunca antes lo han hecho?

“Es que yo no puedo o no sé correr rápido”, es la excusa más socorrida. No puedes, ¿o no quieres? Yo empecé corriendo como muchos de vosotros, a 8 minutos el kilómetro si no más. No aguantaba ni 5 minutos seguidos. Pero poco a poco -diez años- he ido ganando velocidad. No mucho, también es cierto. Ahora -o al menos hasta hace unos meses- era capaz de correr 10 kilómetros a 4:30. Y si yo, que no tengo ninguna aptitud especial para el deporte puedo, ¿por qué los demás no?

Que tú prefieres correr maratones, genial. Hay que hacer lo que a uno le haga feliz. Pero tan válida y meritoria es esa opción como el que corre distancias menores como el que pasa totalmente de participar en carreras. Tan heroico es cruzar la meta de un diezmil como de una maratón, faltaría más. Aunque no nos den medalla por ello.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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