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La #TowerRun, la prueba más dura a la que jamás me he enfrentado

carrreradef

Os puede sonar exagerado, pero el miércoles por la noche, cuando alcancé la planta novena de El Corte Inglés de Callao, creía que me iba a dar un telele. El pecho me ardía, mi boca sabía a sangre y las piernas me escocían y dolían como nunca. Llegué completamente exahusta tras subir, en zig zag y a través de las escaleras mecánicas, las nueve plantas del centro comercial a toda pastilla.

Salí descontrolada, a toda velocidad y cuando apenas me encontraba en la segunda planta me quería morir del sufrimiento. Pensé que podría recuperar el aliento entre tramo y tramo de escalera, pero cuando me quería dar cuenta me encontraba otra vez subiendo las escaleras.

Así que cuando escuché una voz que me decía, “vamos, la siguiente es la cuarta planta”, casi me da un jamacuco. “Joder, y todavía me quedan cinco plantas más, no llego”. Pero cabezota que es una, en lugar de bajar el ritmo y dejar de sufrir, llegué al último piso dándolo todo. Porque no encontré una silla donde sentarme, si no, aún seguiría allí postrada. Llegué totalmente reventada y con bastantes ganas de vomitar. Y Tony me dijo, “si te sabe la boca a sangre es que lo has dado todo”. Y eso fue lo que hice, darlo todo, para variar, ¿verdad?

 

 

Fue, sin duda, una de las pruebas más duras en las que me ha tocado competir en los diez años que llevo corriendo. Poco más de tres minutos -puede parecer poco- al 100%, muy intensos que me dispararon las pulsaciones y me hicieron pensar que no llegaba hasta el final.

Tardé casi media hora -si no más- en recuperarme. En otras carreras, aunque llegue a tope, en un par de minutos todo vuelve a su sitio. Pero en esta ocasión no, ya que no estoy acostumbrada a un ejercicio tan intenso.

Pero la verdad es que, a pesar del sufrimiento, fue una noche para el recuerdo, una experiencia que difícilmente olvidaré y que espero volver a repetir porque fue realmente espectacular ya que, además, tuve la suerte de reencontrarme con muchos amigos y poner cara a otros que aún no conocía.

¿Siguiente parada?…

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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