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Mi verano runner: rodajes y trabajo de fuerza

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Rodar y trabajar la fuerza.

Esto es, básicamente lo que llevo haciendo los dos últimos meses y es el plan de cara a la nueva temporada que para mí arranca en septiembre, como el curso escolar.

Desde que a principios de junio terminé el Trofeo #Kmsxalimentos -donde, por cierto, quedé tercera y no cuarta, debido a un error de la organización-, y donde hice mejor marca personal en 44:00 minutos el diezmil, me he dedicado fundamentalmente a mantener mi estado de forma.

El plan de 6 semanas que me preparó Tony para el 1.000 del Mitin de Atletismo Popular fue bastante duro y me agotó, física y mentalmente, y, aunque me permitió bajar sin tanto sufrimiento como en el Trofeo Akiles de los 45 minutos en el diezmil, he decidido tomarme un descanso de varios meses. Porque para sufrir, hay que tener ganas. Y en verano, con todo el calor, pues no es lo que más me apetece. Además, sin ningún objetivo en mente, hacer series porque sí, tampoco tendría ningún sentido.

Rodar

Como tampoco tendría sentido meter kilos y kilos de kilómetros a las piernas. Así que desde junio me he dedicado a correr por el parque sin objetivos de ritmos. Unos días han salido rodajes algo más rápidos y otros bastante lentos.

Aprovechando los días que los niños han estado con los abuelos y el buen tiempo he salido a correr más días pero alternando rodajes de no más de 45 minutos con otros de 30-35.

De hecho, sólo me acerqué a la hora en la Carrera Pedestre de Turégano, una carrera, por cierto, muy dura por las cuestas y el calor.

20150809_182737-2Trabajo de fuerza

También he aprovechado para ir al gimnasio a trabajar la fuerza. A diferencia de otros veranos, en lugar de desaparecer hasta septiembre, Tony y yo estamos aprovechando a tope el bono familar del polideportivo.

Sin los niños estuvimos yendo durante casi un mes dos días por semana a clases de acondicionamiento físico o crossfit, como prefiráis y he de decir que nuestro profe Miguel poco tiene que envidiar a la señorita Kayla #kaylastyle para los entendidos.

Con los niños de vuelta, nos hemos tenido que conformar con un día de fuerza a la semana.

La verdad es que este tipo de clases colectivas han sido un auténtico descubrimiento. Como ya os he contado en más de una ocasión y como relato en mi libro (Confesiones de una runner, Larousse), me aburren mucho las máquinas del gimnasio. Pero las clases colectivas te permiten trabajar muy bien también la fuerza y, aunque pueden ser durísimas, son más divertidas. Compartir el sufrimiento es lo que tiene.

Esta ecuación: rodar + trabajo de fuerza me ha permitido sentirme fuerte y no perder demasiado mi estado de forma. De hecho, en las dos carreras pedestres que he corrido este verano he conseguido muy buenos resultados. Dos carreras muy duras, la carrera pedestre de Fuenterebollo (9kms) y la de Turégano (12,7kms)  en las que mi cuerpo ha respondido bastante bien.

Por el momento no tengo ningún objetivo ni reto a corto ni medio plazo. Intentaré comprobar mi estado de forma real en algún diezmil y a partir de ahí me plantearé el siguiente objetivo.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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