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Poco a poco. No te emociones. De tranqui, ¿vale?

kneepain

Las prisas no son buenas. Lo dice un dicho que seguro que tiene muchos años de historia. Y por algo será. ¿O no?

Vivimos en la sociedad del aquí y el ahora. No sabemos esperar. Nos cabreamos si el autobús se retrasa diez minutos. Si algo no nos sale a la primera nos frustramos. ¿Se retrasa el camarero con nuestra bebida?, pues montamos un buen pollo.

Eso sí, nos enerva que nuestros hijos tampoco sepan esperar. Que quieran ese vaso de leche ipso facto. Y si no, grito y pataleo.

Y con el running no es diferente. Lo veo a diario desde hace ya bastante tiempo y lo peor no son las prisas sino las consecuencias que esas prisas acarrean: lesiones y frustración.

Pero vayamos por partes.

1.- Hay quien, tras años tirado en el sofá pretende salir a correr cuatro o cinco veces por semana. Qué narices, TODOS LOS DÍAS. Así, con un par. Y no solo eso sino que pretenden aguantar más de media hora. Eso sí, si no lo consigo es que no estoy hech@ para correr. Tiro la toalla y vuelvo a mi sofá donde estoy tan agustito.

Siento ser yo quien te lo diga, pero te puedes dar con un canto en los dientes si tu primer día como corredor popular aguantas 10 minutos seguidos sin querer morirte, sin pensar que el fin del mundo ha llegado. Es muy probable que no dures ni cinco minutos seguidos. ¡Qué digo 5!, ¡Ni 2!. Así que seamos serios y recuperemos la cultura del esfuerzo. Que mucha falta nos hace.

2.- Luego están los que, una vez que empiezan a coger gustillo a esto de correr, su único objetivo se centra en bajar marcas. Pero no en plan bien. Ya me entendéis. Poco a poco. Sino a lo bestia. En plan, bajar marca de 10 en 10 minutos. Y, ¡no hijo no! Vale, tú lo has hecho y no te ha pasado nada. Enhorabuena por ti. Pero como sigas por este camino, preveo dos finales. O acabas lesionado o acabas odiando el running. ¿Que no? Tiempo al tiempo. No serías el primero #palabraderunner.

Correr es un deporte bastante agradecido si tienes paciencia. En unos meses puedes pasar de esos lastimeros 2 minutos a aguantar más de media hora. Con paciencia y constancia, repito. También puedes pasar de correr tu primer 10.000 en 60 minutos a bajar incluso de los 50 en un año. Y ya ni te cuento si la distancia es mayor. Puedes mejorar tu marca en media maratón en 20 minutos en unos meses.

Pero obviamente, cuanto peores son nuestros tiempos, más fácil es batirlos. Y, al contrario, cuanto mejor es nuestro nivel, más difícil nos resultará superarnos.

No vamos a bajar marcas de 10 minutos en diez minutos o de 20 en 20. Al menos no sin trabajar duro para ello. Y ni siquiera dejándonos la piel, ya os lo digo de antenamo.

Ser demasiado obsesivo o agresivo con las marcas puede llevarnos a la frustración más absoluta. Pensamos que somos unos máquinas, que cualquier objetivo que nos propongamos es alcanzable, y no siempre es así. Y mucho menos si queremos conseguirlos de un día para otro que es, lamentablemente, lo que está pasando, y mucho, en el mundo del running hoy en día.

En los dos últimos años, cuando he entrado de lleno en las redes sociales, he visto a corredores que apenas llevaban cuatro o cinco años corriendo con mucha apatía, de bajón, muy tocados psicológicamente. Hasta el punto que habían pasado de amar este deporte a no querer volver a ponerse unas zapatillas. ¿No se supone que correr debería provocarnos sensaciones totalmente opuestas a las descritas?

Entrenan a diario, se dejan la piel, hacen series y más series, fartleks, entrenamientos durísimos y, sin embargo, están estancados. Sus marcas se les resisten, sus objetivos no se cumplen. Pero, ¿por qué me pasa esto a mí, que he sido capaz de correr una media maratón en 2 horas 15 a 1 hora y 40 minutos? No entienden que mejorar, cuando partes de cero es relativamente sencillo, hasta rápido, diría yo. Pero se vienen arriba y cuando chocan contra el muro de la dura realidad se vienen abajo. Y no les culpo.

Bueno, no del todo, porque en lugar de analizar qué ha salido mal y qué deben cambiar, vuelven a las andadas.

En muchas ocasiones, además, nos rodeamos de la gente equivocada. Y cuando hablo de ‘gente’ también me refiero a entrenadores profesionales que, en lugar de ponernos los pies sobre la tierra, de darnos un buen tirón de orejas o echarnos una buena bronca cuando nos saltamos los descansos o hacemos auténticas burradas, alaban nuestras tontunas y nuestras locuras.

Yo nunca he hecho mucho el loco. Sólo un poco. Como algunos sabéis, nunca quise correr una maratón y, sin embargo, la corrí. Pero siempre he tenido a alguien a mi lado que me ha dado una colleja cuando empezaba a perder la perspectiva. Sabéis bien de quién hablo.

Él me ha enseñado a ir poco a poco. A descansar cuando toca descansar. A plantear objetivos realistas y asequibles. Llevo ya 10 años corriendo. He pasado dos embarazos, me he tenido que recuperar de ellos y siempre he ido paso a paso. Y creo que no me ha ido mal.

Mis tiempos son del montón. No son malos -de hecho, alguna vez me han permitido subir a un podio- pero no son heroicos. Eso sí, mis añitos me ha llevado conseguirlos. Por eso cuando alguien me dice que soy una máquina, siempre digo “tú también puedes”. Eso sí, si pretendes alcanzarlos en unos meses, olvídate.

Nada es imposible. Es cierto. Y si eres muy tenaz seguro que lo consigues. Pero puedo aventurar no sólo cómo puede terminar tu cabeza, sino tu cuerpo.

Porque si algo he visto también en estos años, han sido a bastantes corredores lesionados que maldicen su mala suerte. En muchas ocasiones esas lesiones vienen precisamente por las prisas. Por hacer el tonto. Quiero bajar de 40 minutos en 10km y lo quiero para dentro de tres meses.

Las lesiones son alertas que nos manda nuestro cuerpo. Le estamos machacando y no le estamos dando tiempo a que se recupere. Y su manera de protestar es lesionándose. Y nosotros, en lugar de darle un respiro le seguimos machacando.

Hay quienes hablan de su mala suerte con las lesiones. No creo que sea eso. En mi caso, entrenando como lo he hecho, en 10 años nunca he tenido una lesión seria excepto el dolor de rodilla que apareció durante mi segundo embarazo y que tuvo su origen en un hueso de la cadera que se quedó bloqueado, previsiblemente durante el parto.

Yo machaco mi cuerpo a series cuando hace falta. Pero también le doy un respiro. Y le cuido. Desde que comencé a correr siempre he trabajado la fuerza. Siempre he ido al gimnasio a fortalecer y tonificar mi cuerpo, mis músculos.

Y he escuchado sus alertas cuando me las ha enviado.

Son ya 10 años corriendo sin grandes contratiempos y mi intención es seguir corriendo como hasta ahora otros 40 años más.

Cada uno es libre de hacer con su cuerpo lo que quiera. Faltaría más. Pero luego no lloréis.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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