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Amor de runner

Gracias a Eva M. Tomé por la foto ;)

No hay mayor acto de generosidad que el que da todo lo que está a su alcance sin esperar nada a cambio. Y yo, en esto de correr, he tenido a mi lado, a la persona más generosa que jamás hubiera podido imaginarme.

Es de esas personas que permanece en la sombra, en silencio… pasa desapercibido pero sin él, difícilmente habría llegado tan lejos. Qué digo, directamente no habría llegado. Seguro que sabéis a quién me refiero. Sí, a Tony, mi marido.

Él fue quien me dio el empujón para empezar a correr. Fue quien me dijo a las claras, “si quieres perder peso, lo más efectivo es correr. Pero no será nada fácil, querrás tirar muchas veces las toallas por lo que tendrás que hacerme caso y confiar en mí”.

No siempre se lo hice. Era -y sigo siendo-, demasiado quejica. No quería ir al gimnasio aunque él me decía que era imprescindible si no quería lesionarme; no me gustaba la técnica de carrera aunque él me decía que tenía que aprender a correr para evitar las lesiones; muchas veces me apetecía quedarme tirada en el sofá; todos los días me quejaba porque sufría mucho corriendo y no veía los resultados en la báscula… Todo eran pegas por mi parte y, por la suya, siempre motivación y apoyo.

Pero además, él salía a correr conmigo. Estaba siempre a mi lado. Daba igual que fuera a paso tortuga, daba igual si en el tiempo que yo apenas conseguía arrastrarme cuatro kilómetros él podía hacer ocho o diez. Nunca le ha importado sacrificar sus entrenamientos, ni sus marcas por mí y, qué queréis que os diga, pero tal y como está el panorama de las marquitis -y me incluyo-, el suyo ha sido y sigue siendo un acto de amor en toda regla.

17017900889_8bee695936_kSiempre me ha cuidado. Sus consejos me han ayudado a evitar lesiones. Sus planes de entrenamiento me han servido para ir mejorando poco a poco, a conseguir todos los objetivos que me he propuesto. Sin prisa, pero sin pausa.

Siempre ha estado a mi lado y siempre ha creído en mí, en que sería capaz de conseguir todo lo que me propusiera. “Pero hay que currárselo”, me ha dicho siempre.

Ha renunciado a hacer sus propias carreras por correr a mi lado, me ha ayudado siempre que le he necesitado a cruzar la meta en un tiempo concreto. Aunque eso supusiera renunciar a su carrera, a su marca.

Para que yo pudiera preparar mi primera maratón, antepuso mis entrenamientos a los suyos, renunció a parte de su tiempo libre y tomó las riendas de la casa y de los niños . Me acompañó en las tiradas súpermegahiperlargas -aunque siempre me dijo que para preparar una maratón no es necesario hacer tiradas de más de dos horas- y, cómo no, me llevó en volandas hasta la meta en la maratón.

Se volcó en mí, en que yo nunca tirara la toalla. Si alguna vez lo he hecho, siempre ha estado a mi lado para ayudarme a recogerla, para tenderme su mano…

Él es el responsable de que no cometa locuras, quien se encarga de que nunca pierda la perspectiva y de que siempre tenga los pies en la tierra.

Es mi hombre en la sombra, el responsable de que yo haya llegado donde estoy hoy. Sin él, seguramente nunca habría comenzado a correr, nunca habría corrido una maratón y #confesionesdeunarunner sería hoy sólo un sueño o la historia que otra mujer habría plasmado en su propio libro.

Por todo esto, y por todo lo que se queda en el tintero. Gracias. Te quiero con locura.

 

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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