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Bendito tiempo libre… ¿o no?

fotosofa

Hace días que tenía ganas de escribir este post.

Esta Semana Santa, los peques ha pasado unos días en Segovia. A mí me tocaba trabajar, Tony está con las opos y así premiamos también un poco a los abuelos por la ayuda que nos prestan todas las semanas. Además, para ellos son como unas minivacaciones puesto que cambian de entorno, de ciudad… En definitiva, un cambio de aires que siempre viene bien.

Guay, ¿no? Más tiempo libre para todo, para hacer la compra, para arreglar la casa, para descansar o para salir a correr. La sensación que tienes es que vas a tener todo el tiempo del mundo para hacer millones de cosas.

Pues no. La realidad fue bien distinta. Poco a poco, las garras de la pereza se fueron apoderando de mí. Sigilosamente, sin hacer ni un ruido. Supongo que el ambiente festivo que se vivía esos días -niños sin cole, Tony de vacaciones, miles de personas rumbo a destinos geniales…- me dejó un poco plof. Se presentaban ante mis ojos tres tardes completamente libres y, de repente, no me apetecía hacer nada, sólo quedarme quieta en el sofá.

Desde que nacieron los niños he descubierto que cuantas más cosas tengo que hacer, más activa estoy. Los lunes, salgo pitando para llevar a Nicolás a la piscina y meterme con Simón en matronatación. Si toca ir a la compra, pues se va, y si tengo que pegarme el madrugón del siglo al día siguiente para hacerme un rodaje de 8kms, no hay problema.

Soy capaz de meter a los niños en el baño mientras barro, pongo una lavadora y empiezo a calentar la cena que las abuelas tan generosamente nos preparan casi semanalmente. Ni huelo el sofá entre semana. Pero en cuanto nos quedamos solos en casa me cuesta mucho más activarme, todo me da una pereza enorme. Hasta hacerme un triste sándwich de jamón y queso para cenar.

He de decir a mi favor que, aunque me cueste, nunca dejo que la desgana se apodere de mí, no me dejo atrapar por las garras del sofá. Pero me falta motivación. Igual es morriña.

Ya hemos dejado atrás las vacaciones y parece que todo ha vuelto a la normalidad. En cuanto regresaron los niños y recuperamos las rutinas, la maquinaria ha vuelto a funcionar como siempre. El martes pasado tocó súpermadrugón para salir a correr, el miércoles trabajo de fuerza en el gimnasio y este domingo tuvimos cita con la Media Maratón de Segovia.

Y lo más importante, me veo con ganas y fuerzas de afrontar cada semana, a pesar de que al sofá sólo puedo mirarlo de reojo…

 

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

2 Comments

  1. Hola, Elena,

    Conozco muchos casos como el tuyo. De hecho, si exceptuamos el asunto de los niños, tu historia con el running, la ayuda de tu marido y demás es exactamente el caso de mi mujer y mío.

    Afortunadamente pasan los años y seguimos al pie del cañón. Correr cuesta, eso no se lo podemos negar a nadie, pero pocas actividades pueden ser más beneficiosas y gratas como éstas.

    Suelo decir a quienes trato de ganar para nuestra causa que lo mejor de cada entrenamiento llega cuando lo terminas, consultas los parámetros obtenidos en tu pulsómetro y te maravillas de lo que has logrado una vez más.

    Recordaba este fin de semana a un señor que hace bastantes años me asombraba porque todos los sábados se pegaba una caminata de ¡19 kms!. Pasan los años y no me dejo de sorprender de que en época de preparación de maratón esos 19 kms los hago de media 6 veces cada semana.

    El running es la constatación más evidente de eso de que “si quieres, puedes”

    ¡Un saludo!

    • Como bien dices, pasan los años y aquí seguimos al pie del cañón. Y por muchos años más. Me encantaría llegar a vieja corriendo 😉 También intento ‘captar’ a nuevos runners entre personas de mi entorno, pero no es fácil. Es necesario ponerle muchas ganas y querer hacerlo y, lamentablemente, hay gente que siempre busca alguna excusa. Ellos se lo pierden. Gracias por tu comentario. Un saludo

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