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Quiero llegar a vieja corriendo

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Sí, como lo oís. Me encantaría ser la abuelilla que con 80 años sigue corriendo diezmiles y medios maratones. Nada me haría más ilusión que mis nietos, algún día, pudieran decir, “esa señora tan loca que va por ahí corriendo es mi abuela”. Y que lo dijeran con orgullo y con una enorme sonrisa en la cara.

Para que eso suceda debería seguir corriendo, ni más ni menos, cuatro décadas más. Parece que falta mucho, ¿verdad?, pues el tiempo pasa volando. Parece que fue ayer cuando salí por primera vez a correr y ya han pasado casi diez años. DIEZ AÑOS.

Y para poder llegar a los 80, parece evidente que tengo que mimar mi cuerpo y mis articulaciones. Sí señores, correr es un deporte de impacto. A cada zancada sufren las rodillas, las caderas, la espalda… Es raro el corredor que a lo largo de su vida runner no ha sufrido alguna lesión.

Sí. Correr, tiene muchos beneficios para la salud: nos ayuda a mantenernos en forma, a no engordar, a desconectar del estrés diario y liberar tensiones, a llevar una vida mucho más saludable y plantar cara al sedentarismo pero ojo, en el momento que buscamos rendimiento, es decir, cuando le sometemos a duros entrenamientos para conseguir determinados objetivos, nuestra salud, tanto física como mental, no está tan a salvo como puede parecernos. Se resiente.

Por eso yo soy de entrenar y de correr. Ambos conceptos tienen un denominador común: ponerse unas zapatillas y hacer ejercicio, pero son conceptos muy diferentes. Cuando salgo a correr no miro el pulsómetro, disfruto de cada zancada, de la libertad de correr cual liebrecilla por el parque. Sin tiempos, sin agobios. Rodar y rodar sin más.

Sin embargo, cuando entreno, la cosa cambia bastante. Entreno porque quiero prepararme una determinada carrera, hacer o conseguir una determinada marca. Y por ello, sigo un plan de entrenamiento que mi marido, Tony, me diseña a medida, en función de mis posibilidades. Cuando entreno también tengo rodajes suaves, para soltar piernas, sin mirar apenas el reloj, pero también hay rodajes muy exigentes: series o fartleks, en los que me exprimo al máximo, rodajes largos y sesiones de fuerza en el gimnasio.  Vamos, que le meto caña al cuerpo y eso, según me repite una y otra vez mi marido, no es tan bueno para la salud.

Desde que comencé a correr hace casi una década, creo que he conseguido mantener el equilibrio perfecto entre correr y entrenar. Generalmente me marco objetivos cuando empieza mi temporada, en septiembre. Decido si me apetece correr una determinada carrera y hacer un determinado tiempo. Cuando lo tengo claro, Tony se pone manos a la obra y me diseña el plan en función de mi estado de forma.

Sin embargo, cuando el calor empieza a hacer acto de presencia, es decir, hacia finales de mayo y durante el verano, prefiero limitarme a correr. Reconozco que me cuesta mucho adaptarme al calor, de tal manera que prefiero salir algún día más a correr pero sin meterme mucha caña o reduciendo el tiempo de los rodajes. No dejo de correr y me mantengo más o menos en forma hasta que llega septiembre. Y, entonces, vuelta a empezar.

Este mix –correr y entrenar– me ha permitido mantener a raya las lesiones y espero que siga siendo así. Sólo recuerdo que cuando comencé a correr tuve molestias en el talón de Aquiles, supongo que por estar tantos años tirada en el sofá. También tuve problemas con la rodilla derecha. Los dolores aparecieron durante mi segundo embarazo y reaparecieron tras el nacimiento de mi segundo hijo. El fisio que me arregló la rodilla me dijo que tenía un hueso de la cadera bloqueado, lo cual se habría producido probablemente por el embarazo o por el parto. De ahí los dolores, no porque me hubiera lesionado corriendo.

Los dolores desparecieron hace un año. La última vez que me visitaron fue en la 261 Women’s Marathon mi primera, y de momento última, maratón. Tras ella me cuidé bastante y me recuperé tanto física como psicológicamente.

Pero eso ya es otra historia y daría para otro post.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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