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La maravillosa experiencia de correr campo a través

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Cabra que tira al monte no la bajes pa’ lo llano
por sentirte un buen vasallo
que ya vendrá el tío del saco
cargado de porros y de jaco
a contarte lo que hace con los niños que son malos,
yo ya he cargado mi talega
de pan duro pa’ los patos.

Es el comienzo de una canción de mi cantante favorito, Poncho K () y el arranque de la canción me salió del alma cuando apenas llevábamos un kilómetro de la carrera pedestre Viña del Ajo, que se celebró este domingo en Muñoveros, un pueblo de Segovia situado muy cerquita de Turégano.

Con ella se daba el pistoletazo de salida al circuito de carreras pedestres de Segovia. 13,5 kilómetros con un desnivel bastante interesante, jajaja.

Me estrené en esto de las carreras pedestres (Torrecaballeros) hace ya cuatro años, antes de quedarme embarazada de Simón y, aunque sólo había repetido una vez más (el año pasado en Fuentepelayos, junto a Tony), tenía muchas ganas de volver a repetir experiencia.

He de confesar que el asfalto cada vez me motiva menos y poder correr campo a través es una gran experiencia, dura, pero realmente gratificante.

En las carreras de campo a través -especialmente si cuentan con un perfil duro-, de nada valen los ritmos. Es muy complicado marcarse un ritmo porque el camino está lleno de imprevistos -piedras en el camino, ramas, cuestas demasiado empinadas para subirlas corriendo a un ritmo decente, barro, charcos…-, pero este tipo de carreras suponen una auténtica prueba de fuego para comprobar tu resistencia, para saber si estás fuerte, si la visita semanal al gimnasio da sus frutos. Y, he de decir, que sí, el trabajo de fuerza funciona.

PERFIL

Fue una carrera muy dura y sufrida, con buenas pendientes. Pero el cuerpo respondió bien, excepto en los dos últimos kilómetros. A pesar de que eran cuesta abajo, y de que no veía el momento de llegar al kilómetro 11, fue cambiar el ritmo para apretar en la recta final y aparecer un dolor que me sacudió el costado derecho. Supongo que flato. Realmente doloroso que me acompañó hasta la línea de meta. Incluso hoy, un día después, noto cierta molestia en la zona.

Fue una gran carrera. Un gran ambiente, poca gente, una organización de 10. ¿Se puede pedir más? Pues sí, este año, además, por cada corredor que finalice el recorrido se donará un euro para la asociación española de la Esclerosis Lateral Amiotrófica (adEla).

Tony y yo ya estamos mirando el calendario para intentar apuntarnos a la siguiente. Y tú, ¿te animas?

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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