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Cuidado con el frío runners. No es ninguna tontería

elena2

He empezado la semana a lo grande.

Curré el lunes aunque era fiesta en Madrid capital. Por la tarde, aprovechando que mis padres estaban en casa salí con Tony a correr -hay que ver el tío cómo tira de mí, se ha puesto fino y me lleva con la lengua fuera-, y para rematar el día me entró un dolor de barriga insoportable.

Pensé que serían gases. Me fui a la cama pensando que me quedaría dormida y que a la mañana siguiente estaría como nueva. Un par de pastillas de Pankreoflat y lista.

Pero no. Pasé una noche mortal. Un dolor muy agudo en el centro del estómago. Iba y venía. Pasaron las 11, las 12, las 2, las 3 de la mañana. Desesperada me levanté con sudores frío y vomité hasta el desayuno. Pensé que tras la vomitona volvería a la cama mejor y podría pegar ojo. Pero nada de eso. El intenso dolor siguió haciendo de las suyas y mi desesperación iba en aumento.

No fue hasta las seis y media de la tarde cuando, totalmente desesperada, decidí plantarme en el ambulatorio para que me viera el médico de urgencias -qué pena que nos estemos cargando la sanidad pública-.

Tuve suerte y la doctora me atendió en seguida. Y no sólo eso, sino que dio en el clavo. Prueba de orina ipso facto y voilà: infección de orina =antibiótico+paracetamol. 

Y mano de santo. Dos horas después de haber ingerido el antibiótico, los dolores comenzaron a remitir. Y menos mal. Estaba ya al borde de la llantina.

Obviamente, pregunté a la doctora a qué se podía debe la infección. Me dijo que, posiblemente, por haber cogido frío. 

No sé si sería por eso o no, pero lo cierto es que con el cambio de tiempo, mi cuerpo necesita un periodo de adaptación a las nuevas y bajas temperaturas.

Y la adaptación también consiste en dar con las prendas adecuadas para correr lo suficientemente abrigada como para no achicharrarte o no quedarte corta y morir de frío.

Yo, que soy bastante exagerada, ya he sacado la ropa térmica, los guantes y las orejeras. Odio pasar frío. Y si encima vamos a Segovia -donde siempre hay varios grados menos que en Madrid- apaga y vámonos.

Allí nos plantamos el pasado fin de semana. Tirada de 15km el sábado y rodaje suave el domingo. Una vuelta al whisky, como decimos por aquí. Pues tras la tirada larga, terminamos en las pistas de atletismo y estuvimos estirando. No mucho. Lo justo, 10 minutos. Lo justo también para llegar a casa de mis padres bastante destemplada. Y algo parecido hicimos el domingo, aunque decidimos estirar a cubierto en el gimnasio -por llamarlo de alguna manera porque su estado es lamentable- de las pistas. Aunque dentro la temperatura no era tan baja, también me destemplé y llegué a casa con frío.

Así que, es probable que realmente cogiera frío y desencadenara en la dolorosa infección de orina. Y si a ello sumamos que llevo dos meses de auténtica locura, pues blanco y en botella. Defensas bajo mínimos y bacterias al acecho. No paro de currar, no paro de entrenar -sigo con el listón de cuatro días a la semana- y no paro con los peques. Son incombustibles. Más casa, compra, lavadoras… Si no fuera por mis padres y mis suegros hace tiempo me habría desintegrad.

Así que supongo que mi cuerpo ‘ha petado’ un poco y toca dar un poco de descanso al disco duro para resetear y reponer fuerzas.

Hasta el domingo, nada de nada -aunque me muera de ganas-. Desconexión total y a disfrutar a tope de los peques. Está genial intentar llegar a todo. Pero no siempre se puede y mi cuerpo me ha mandado un claro mensaje que tengo que interpretar.

En fin. Historias para no dormir.

Así que chicos, mucho cuidado con el frío. Abrigaos bien pero, sobre todo, cuidado cuando terminéis de entrenar. Igual estirar en la calle nada más terminar no es la mejor idea. En casa nos da más pereza o igual se nos olvida. Pero sustos, los justos.

Que la fuerza os acompañe.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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