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Mis 42,195

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Puede que éste sea el primero de muchos post sobre la maratón del pasado 30 de marzo. O igual el único.

Desde el domingo pasado, cuando crucé la meta de la @261wm han pasado muchas cosas por mi cabeza y son muchas las reflexiones que he hecho desde entonces.

Es difícil de explicar. El tiempo ha pasado muy rápido y muy lento al mismo tiempo. Han sido tres meses de duro entrenamiento que, afortunadamente dieron sus frutos en Mallorca.

Estoy feliz, orgullosa de haber conseguido mi objetivo, pero he de reconocer que no he sabido ‘coger el punto’ a lo de correr una maratón. Es una carrera muy dura, incluso salvaje diría yo. El problema es que no sabes realmente a lo que te enfrentas hasta que te ves en el km 30-32 y empiezas a notar cómo se te escapa la energía.

En mi cabeza he podido visualizar la carrera muchas veces. Pero hasta que no estuve allí, en la recta final de la carrera, no tenía ni idea de lo que significa y supone correr 42 km. Y es realmente jodido.

Todo salió como estaba previsto: a 5:30. Ése era el ritmo que me había marcado y ése fue el ritmo que marcó mi pulsómetro cuando paré el tiempo tras cruzar la meta.

El cuerpo respondió. Los geles hicieron su trabajo. No hubo molestias de estómago. Sólo un contratiempo con el que contaba y que, afortunadamente apareció y despareció entre el km 30 y el 36 y no antes: la rodilla derecha. Era una dolor que conocía, que supe controlar y que no me hizo bajar el ritmo.

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No sé si vi el muro o no. Sólo sé que a partir del km 32-34 las piernas comenzaron a achacar el cansancio y que tuve que apretar los dientes para no bajar el ritmo. Empezaba la cuenta atrás y cada paso iba costando un poquito más. Mi único pensamiento era luchar para no bajar el ritmo. Quizás por eso, si existe un muro, a mí me acompañó hasta el final.

Como me dijo un amigo runner, la maratón es una carrera de 12 km que empieza en el km 30 y no le faltaba razón. En mi caso fue así. Lo realmente divertido comenzó a partir del kilómetro 30.

El cuerpo respondió, la cabeza no falló y pasadas 3 horas y 53 minutos, cruzaba la meta de mi primera maratón.

Una maratón que, he de reconocer, no ha sido del todo mía porque hace apenas cinco meses juraba y perjuraba que, a corto plazo, no correría una maratón ni en sueños. Y ya veis, aquí estoy tragándome mis palabras una a una.

Porque en noviembre se cruzó en mi camino la @261wm. Y lo reconozco. Me dejé llevar. Me creí en la obligación de correr la maratón por ser embajadora. Me sentía responsable de no hacerlo. ¿Cómo ser embajadora y no correr la maratón? Me comprometí y lo hice. Y no me arrepiento. Pero también sé que si hubiera sido una decisión totalmente mía, un día antes de la carrera, probablemente no me habría venido abajo.

Porque esa presión a la que yo solita me sometí estuvo a punto de dar al traste con la carrera. El sábado, supongo que por el cansancio del viaje, los nervios, el dolor de tripa y la multitud de mensajes de apoyo que recibí me provocaron un bajón moral y psicológico considerable. Sólo quería llorar. No me apetecía correr. Reconozco que me asusté al sentirme así. Demasiada presión por algo que me había autoimpuesto. Que en ese momento sentí que no era mío.

Afortunadamente el sábado caía rendida. Dormí sin ningún sobresalto y me levanté segura, con ganas de correr, fundamental para afrontar la maratón. De lo contrario, habría sido imposible completar los 42km.

Toda esa presión y tensión se liberaron en el mismo instante que crucé la meta. No pensé que lloraría. Pero lo hice en el mismo momento en el que Katherine Schwitzer me abrazó para darme la enhorabuena -creo que Nuria Fernández lo intentó pero yo estaba en otro mundo-, en el momento en el que vi a Tony a tan sólo unos metros o a Eva y a Mer a punto de llorar. Entonces toda la presión brotó a raudales.

Ha pasado casi una semana y sigo hablando a diario de la carrera. Me siento feliz porque en mi memoria ha quedado grabada una experiencia inolvidable. Única. Y porque son muchas las grandes y maravillosas personas que he conocido en esta aventura: Eva, las dos Gemas, Eli…que han estado antes y que espero que estén durante mucho tiempo después.

Me siento también liberada. Me esperan por delante semanas de recuperación física y mental. Nuevos retos que están por llegar. Semanas para dedicárselo a los míos a quienes, aún a mi pesar, les he robado tiempo.

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No puedo despedir este post sin dar las gracias a mi marido, Tony, y a mi familia por el apoyo de todos estos meses. A Tony por haberme entrenado. Por haberme guiado en una aventura que no le convencía en absoluto pero en la que me ha apoyado al 100%. Por acompañarme en los últimos 20 km de la maratón y en tantas tiradas largas. Por soportar mi mal humor, por ponerme los pies en la tierra, por echarme la bronca cuando esto se me iba de las manos.

Gracias también a mis padres y a mis suegros. Sin ellos no habría sido posible entrenar como lo he hecho. Y cómo no, a mis hijos, Nicolás y Simón, por el tiempo que no he podido estar con ellos por culpa de los entrenamientos. Por todas esas carreras que no hemos echado porque mamá estaba muy cansada después de entrenar. Os lo recompensaré con creces.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

7 Comments

  1. Enhorabuena Elena! Llevaba tiempo esperando este post, que conste…
    Tiempazo el que has hecho, y pedazo de experiencia vital que sólo sabe quien lo pasa, lo vive, lo sufre, lo disfruta…Ahora a descansar que te lo has ganado, a disfrutar del correr de otra manera, y a buscar nuevos y apasionantes retos. Éso es lo mejor: la aventura continúa. Yo me acabo de inscribir a la vuelta a la Casa de Campo el 11 de mayo, me apetece mogollón!

    Abrazos mil,

    Mariate

  2. Oyeeeee!!! Te acabo de ver ahora mismo en TDP, corriendo este maratón!!! Qué guay!!!

  3. Hola Mariate. Parece mentira que ya hayan pasado 15 días. Lo largo que es el camino y lo rápido que pasa después el tiempo. La verdad es que la maratón es muy muy exigente. Tanto a nivel físico como psicológico. He vuelto a rodar, recuperando poco a poco y ya veremos los planes de futuro. De momento, este mes, con calma. A ver si volvemos a coincidir pronto. Me hizo muchísima ilusión ponerte cara al fin.
    Un abrazo enorme

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