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La cinta de correr y yo, como el agua y el aceite

sSi me conocéis un poco sabéis que no me gusta nada ir al gimnasio. Arriba outdoor fuera indoor. Voy por obligación. Porque necesito hacer ejercicios de fuerza pero me aburre soberanamente.

Intento pisar una vez a la semana, una vez cada quince días, poco más. Lo justo para hacer el trabajo de fuerza que mi cuerpo necesita para no lesionarse, pero poco más. Ir al gimnasio es un auténtico coñazo.

No hay nada como correr al aire libre. Me da igual que haga frío, llueva, nieve o haga calor. Prefiero mil veces correr por el parque a subirme a la cinta o a la elíptica, es superior a mis fuerzas.

Y últimamente, si cabe, me cuesta mucho más subirme a la cinta. Estoy totalmente rayada con ella. La he cogido manía. Y eso que apenas hago 15 minutos de calentamiento antes de pasar a las máquinas y otros 10-15min de vuelta a la calma después de los abominables y antes de estirar.

Me subo, fijo la velocidad -a 10 o poco más, vamos lentito- y empiezo a desear que pasen cuanto antes los 15 minutos. A mis piernas les cuesta mucho, demasiado diría yo acostumbrarse, entrar en calor. Tengo la sensación de que me voy a tropezar y caer. Las piernas no responden. Me agarro, me rayo y sólo puedo pensar en una cosa: en parar. Pero necesito calentar para hacer los ejercicios de fuerza. Los segundos pasan muyyyy lentamente. Porque no sé vosotros, pero yo no puedo quitar la vista del contador. De hecho, si miro hacia cualquier otro lado, el miedo a caerme y pegarme un buen golpe aumenta exponencialmente. Y tampoco puedo tapar el tiempo con la toalla porque en más de una ocasión, con el movimiento de la cinta, se me ha caído y a punto he estado de tropezarme.

Los segundos pasan lentamente, y mi paranoia va in crescendo. Menos mal que sólo son 15 minutos y aunque se me hacen eternos por fin llegan. Me bajo de la cinta y sigo a lo mío. Máquinas, abominables y vuelta a la cinta.

En esta ocasión parece que mi paranoia no es tan fuerte. Las piernas responden mejor que al principio y correr sobre la cinta se hace mucho más ameno. Pero sigue sin gustarme. No disfruto nada con ello. Pero de momento, es lo que toca. Al menos hasta que tenga un Plan B. Mientras tanto espero no verme en una de éstas.

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Seguiremos informando.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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