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Agujetas hasta en las pestañas

Me duelen hasta las pestañas. Ha sido un fin de semana diferente en cuanto a entrenos se refiere, intenso, gratificante…

Aprovechando que los churumbeles estaban con mis padres y que Tony ha terminado las opos, decidimos tanto el sábado como el domingo salir a entrenar juntos.

My personal trainer -jajaja- sabe mucho de esto de quemar zapatilla, así que le propuse que, además de salir a rodar, podíamos hacer algo de técnica de carrera. Reconozco que son ejercicios que casi nunca hago. Como no tengo experiencia, me gusta hacerlos cuando hay alguien que puede corregirme. Si los haces mal, no sirven para nada. Después de la técnica de carrera, 30 minutos de carrera continua y a estirar. El domingo hicimos también unos progresivos.

La verdad es que lo pasamos genial. Nos reímos un montón, sobre todo por mis problemas de coordinación. Soy todo un espectáculo. También fueron muy divertidos los progresivos. Aunque me piqué e intenté ganar a Tony en alguno, no lo conseguí.

Echaba mucho de menos entrenar con alguien y también introducir alguna novedad a los entrenos. La monotonía a veces acaba pasando factura al coco.

Lo pasamos bien, pero nos lo curramos un montón. Ayer ya me dolía todo el cuerpo. Las plantas del pie, los gemelos, cuádriceps, psoas… Incluso el codo. Es un fenómeno raro, pero cada vez que hago cuestas o rectas, me duelen los codos. Será que tiro mucho de brazos.

Vamos, todo un poema levantarme de la cama o de la silla y echar a andar. Pero ha merecido la pena y espero poder repetir muchas más veces este verano. Porque me lo he pasado genial y porque sé que además puedo mejorar mi zancada a la hora de correr. Porque yo siento que corro como una gacela, pero la realidad es que corro como un caballo percherón.

Al ataqueeeeerrrr

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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