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Y tú, ¿por qué corres una popular?

Es una buena pregunta.

Y seguramente la respuesta que puedo ofrecer ahora nada tiene que ver con la que habría dado hace ya cinco años, cuando en 2008 me lié la manta a la cabeza y tras apenas un año de darle a esto de la zapatilla, decidí hacerme una Media Maratón, la de Segovia. Ala, a lo grande…

Recuerdo que cuando comencé en esto no aguantaba ni cinco minutos. Me dolía todo el cuerpo y era un auténtico sufrimiento. Afortunadamente, con esfuerzo, constancia y mucho apoyo de mi chico -ahora marido, uyyy he dicho marido-, no tiré la toalla.

Recuerdo que me decía, ya verás cuando aguantes 30 minutos. Y yo, ni de coña. O cuando me decía, ya verás cuando llegues a la hora. Tú flipas, le respondía. Y un día, así como sin darme cuenta, los 30 minutos no estaban tan lejos y la hora tampoco.

Casi sin darme cuenta había logrado superar la barrera de la hora corriendo, incluso recuerdo haber estado corriendo por el monte segoviano, en Valsaín, hasta dos horas y media.

Supongo que por aquel entonces fue cuando me planteé nuevos retos y hacer una media maratón, en concreto la de Segovia, me pareció una gran idea. Nada como correr en casa.

Y así lo hice. En marzo de 2008 corría mi primera Media Maratón en 2:02:00. Un año más tarde decidí repetir experiencia. No probé suerte en ninguna otra carrera popular. No sé muy bien por qué. Como si me quisiera reservar sólo para la de Segovia. Entonces baje casi diez minutos. Después llegó el embarazo de Nicolás y hasta 2011 no repetí la experiencia segoviana -qué mal lo pasé, pero terminé en 1:56:00-.

Después de la segunda media de Segovia decidí probar con otras carreras más cortas: llegaron la solidaria del BBVA, Liberty, Paracuellos del Jarama, Trofeo Akiles, solidaria del Santander -todas estas del 10km-, Ciudad Universitaria -14km-, San Silvestre Segoviana -4,5km- y Carrera del Esquileo (pedrestre de 12km).

¿Por qué elegí estas carreras? Pues no sé muy bien por qué. Simplemente las elegí. Y unas me gustaron mucho más que otras. Por eso en unas he repetido y en otras no. De hecho, imagino que como muchos otros runners, he empezado por carreras bastante conocidas pero ahora prefiero las que son más íntimas. En las que no hay tantas aglomeraciones. Me siento más cómoda.

No voy a competir. Miento. Compito contra mí misma. Me gusta ponerme a prueba. Comprobar que los entrenamientos y el sacrificio de madrugones y de sacar tiempo de debajo de las piedras para salir a rodar tiene sus resultados.

Es inexplicable la sensación que puedes llegar a sentir al bajar aunque sólo sea unos segundos tu marca. Aunque no siempre las carreras salen como te gustaría lo que te da, si cabe, más fuerzas para seguir entrenando.

Todo esto viene a cuento por un pequeño debate en twitter entre diferentes runners populares sobre la San Silvestre Vallecana. A muchos les ha parecido muy cara la inscripción y muchos están bastante disgustados por la camiseta.

Yo no sé si llegaría a pagar 20 euros. Para mi gusta demasiado caro y demasiada gente. Sé que muchos lo pagan porque es una tradición. También es una moda. Por eso son cada vez más los que se apuntan. Y como en cualquier otro mercado, es la ley de la oferta y la demanda. A mayor demanda suben los precios.

Lo más importante, desde mi punto de vista es la organización. Que la gente pueda dejar y recoger sus cosas sin problemas. Sin esperar eternas colas…

Sobre la camiseta, una pega. El color. Personalmente, el diseño con los rayos me gusta, pero no me gusta el color. Muy claro y pálido. Un verdefosforitochillón habría quedado muy chulo. Pero ya sabemos, para gustos los colores.

Supongo que son sólo cosas superficiales y que el día de la carrera quedan aparcadas a un lado. Porque ese día, lo importante es correr y pasarlo bien.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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