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Escucha, tu cuerpo te habla

Puede parecer una frase echa, que queda muy bien cuando alguien la dice en voz alta. Pero, al menos para mí, tiene todo el sentido del mundo.

Quizás no la presté la atención que se merecía hasta que me quedé embarazada de Simón, el segundo -con Nicolás apenas pude salir a correr-. Fue difícil, por no decir casi imposible, encontrar opiniones de expertos -ginecólogos- que no desaconsejaran correr durante el embarazo. Recuerdo que se lo comenté a una ginecóloga que a punto estuvo de sacarme a patadas de las clases de preparación al parto.

Afortunadamente, encontré en Internet testimonios de mujeres que habían corrido durante el embarazo. Sus consejos y mucho sentido común me permitieron correr durante el segundo trimestre -el primer trimestre se considera de riesgo y el tercero es casi imposible por la barriga-. Fue entonces cuando comencé a escuchar realmente a mi cuerpo. Las señales que me enviaba.

Corría despacio, con las pulsaciones controladas -140/150 como mucho- y, como mucho, dos días por semana que era lo que me permitía el dolor de rodilla. Fui algo al gimnasio a hacer elíptica e incluso fui en alguna ocasión a nadar.

Todo esto viene a cuento porque cuando nos gusta correr queremos hacerlo a toda costa. Seguir el plan de entrenamiento a rajatabla y no siempre es posible.

Ayer me metí 15 kilómetros. Y hoy quería hacerme un fartlek.

Ya por la mañana mi mente no estaba por la labor y mi cuerpo, mucho menos. Así que he pensado: “Pues me doy un par de vueltas y ya está”.

Ni de coña. He salido a correr por el parque y cuando apenas llevaba 5 minutos ya sabía que no iba a ser un buen entreno. Todavía tenía las piernas muy cargadas. Iba al mismo ritmo que durante el rodaje largo de ayer pero con las pulsaciones mucho más elevadas y con un ligero dolor de rodilla. Mi cuerpo me estaba hablando. Mandando señales.

Así que cambio de planes. Una vuelta y va que chutas. Que lo último que me apetece es lesionarme.

A casa y a estirar.

El martes será otro día. Obvio…

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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