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Cuando la pasión puede a la pereza

Si hace siete años alguien me hubiera dicho que iba a levantarme a las 7 de la mañana o a perderme la siesta para salir a correr, o calzarme las zapatillas para rodar en pleno diluvio, me habría entrado la risa tonta.

Ni por asombro me imaginaba los primeros días de rodaje -cuando me dolían hasta las pestañas y no aguantaba ni 10 minutos-, que salir a correr iba a quedarse de por vida en mi vida como si de un tatuaje se tratara.

A quienes nos apasiona correr, no poder hacerlo supone una frustración. Ya sea por lesión, falta de tiempo, cansancio, embarazos varios… Sin embargo, y salvo casos y motivos de fuerza mayor, somos capaces de buscarnos las vueltas para sacar aunque sea solo un rato para rodar.

Con la vuelta al curro y con los dos niños en casa ya he comenzado a hacer malabarismos. He tenido varios días de subidón y de actividad frenética. No tenía tiempo ni de pensar que estaba cansada hasta que me metía en la cama y me quedaba dormida en cero coma…

He salido a correr tras volver del curro -gracias papá y mamá por hacer el esfuerzo de quedaros un rato más con los nenes-. He ‘megamadrugado’ para poder entrenar antes de ir al trabajo -gracias suegros por echarme otra mano- y me he buscado las vueltas para cuadrar un rodaje largo y una sesión de gimnasio en pleno fin de semana.

El sábado, por ejemplo, me metí una hora y media de rodaje entre las 15:30 y las 17:00 aprovechando la siesta de los renacuajos y hoy he madrugado más de lo que me apetece un domingo -muy lluvioso, por cierto- para acercarme al gimnasio y poder aprovechar el resto del día en familia.

No es fácil. No siempre apetece pero cuando la pasión es tan fuerte, la pereza no siempre se sale con la suya. Otras veces sí. Está claro. También somos humanos.

 

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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