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El placer de correr sobre tierra virgen

No recuerdo haber salido nunca a correr tan tempramo y mucho menos con este frío.

A las 7:30 de la mañana ya había desayunado y estaba saliendo por la puerta de casa.

Manga larga, piratas y orejeras de esas que venden en el Decathlon para salir a correr.

No he pasado frío aunque he llegado con la mano derecha helada.

Hoy había pocos runners por el Parque de las Cruces. El terreno, embarrado tras la incesante lluvia de ayer, estaba prácticamente virgen. Como cuando nieva y un manto blanco cubre todo el suelo.

Quizás por eso hoy he tenido la misma sensación de quien pisa por primera vez un terreno nevado solo que esta vez en lugar de nieve era barro con los peligros que eso entraña.

Porque llenarme de barro hasta la cejas me da igual. Son gajes del oficio. Recuerdos del campo de batalla.

Lo que ya no me igual es poder resbalarme, caereme o lesionarme por pisar mal, saltar más de un charco…  Aunque casi creo que tienen más peligro las plataformas que me he puesto hoy para ir a trabajar.

Ayer me quedé con ganas de salir a rodar. Pero llegando a las 8 a casa y con los niños fue imposible. También hay que disfrutar de la family. Así que hoy me he quitado esa espinita runneando casi 9km a un gran ritmo para mí: 5,20.

Mañana más y mejor.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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