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Me resisto a vestirme de largo, corriendo claro

Quién me ha visto y quién me ve.

Recuerdo que cuando empecé en esto del running. Hace ya 7 años, cuando pensaba que no iba a durar ni una semana, obviamente invertí lo mínimo en equiparme para salir a correr.

Un pantalón del chándal, una camiseta de algodón, sudadera y, por supuesto, unas zapatillas sin nada de amortiguación. Cuando refrescaba iba abrigada hasta las cejas y en verano algo más ligerita aunque me costaba siempre dar el paso de sustituir la camiseta de manga larga por la de manga corta. Soy muy friolera y siempre sentía frío cuando salía a correr.

A medida que pasaban los meses fui prestando algo más de atención a mi atuendo. Llegaron unas zapatillas algo más decentes -tampoco para tirar cohetes- y las camisetas técnicas. Sin embargo, al menor atisbo de fresco, abrigada hasta las cejas. Y eso a pesar de que cuando llevaba varios minutos corriendo siempre pensaba que tenía que haber salido más ligera de ropa.

Ahora todo es muy diferente. La inversión en zapatillas se ha incrementado sensiblemente. No tanto en lo que respecta a la ropa ya que las camisetas técnicas y otro tipo de material que he ido acumulando de diferentes carreras me han venido estupendamente. He tenido que comprar ropa de abrigo, guantes y unas orejeras para el frío del invierno.

Todas estas cosas ya están de nuevo en el armario a mi pesar porque me siento mucho más cómoda corriendo con pocas capas. Vamos, con pantalón y manga corta. De hecho, hasta hace dos días salí así a correr.

Sin embargo, el cambio brusco de temperaturas que estamos comenzando a experimentar creo que me va a obligar a abrigarme algo más mañana cuando salga a correr. Aunque no adelantemos acontecimientos. A ver cómo amanecemos. Igual con una camiseta de manga larga y el plantalón corto es suficiente.

Toca rodaje largo. Seguramente no tan largo como el del pasado domingo -16,5km-. Y toca también madrugar algo, por lo que me viene de perlas el cambio de hora. Ahora con la vuelta al curro no queda otra para poder aprovechar a tope el domingo con la familia.

 

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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