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He calibrado el pulsómetro y me sale a devolver

Félix Baumgartner está a punto de hacer historia. Todavía le falta un ratillo para saltar al vacío desde la estratosfera y los niños están echándose la siesta, así que voy a aprovechar para escribir este post.

El pasado viernes estuvimos en Segovia y aproveché el rodaje para acercarme a las pistas de atletismo para calibrar el pulsómetro. No lo hice hace demasiado –en junio de 2011– pero como tuve que cambiar las pilas de la cinta y del acelerómetro se me descalibró.

Y, al igual que la otra vez, de nuevo, la puesta a punto del pulsómetro me sale a devolver. Vamos, que voy más rápido de lo que pensaba.

Por cada 800 metros me estaba midiendo 30 de menos. Igualito que hace un año. Así que genial.

No es bueno obsesionarse con los ritmos de carrera -fue uno de los factores que jugó en mi contra en la Media de Segovia- pero hace ilusión saber que voy pisando huevos algo más rápido de lo que pensaba.

Así que a seguir mejorando que el tiempo se agota.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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