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Deportistas de élite y mucho, mucho más

Escribo quizás desde la ignorancia y me adelanto con toda probabilidad a las críticas que van a recibir muchos de los deportistas españoles que han ido a los JJOO de Londres porque -ojalá me equivoque-, el balance en el medallero español volverá a ser bastante flojito.

Pero, ¿os extraña? Como en muchos otros aspectos de la sociedad española, hay diferencias abismales entre unos deportes y otros. Bueno, en realidad, entre el fútbol -fundamentalmente-, el baloncesto y el tenis y todos los demás.

Basta con poner cualquier día la televisión para darse cuenta. Día sí, día también, echan un partido de fútbol en la televisión. Con el baloncesto y el tenis no es tan exagerado, pero también. Sin embargo, ¿nos enteramos de los mundiales o los europeos de natación?, ¿de atletismo? o, por irme al extremo, ¿de taekwondo?

Si te apasiona cualquiera de estos deportes procuras estar al tanto de estas cosas y ver si puedes ver algo en Teledeporte o Eurosport. El bombo televisivo a estos deportes -y muchísimos otros, waterpolo, hockey sobre hierba y un sin fin de etcéteras- es directamente proporcional al apoyo económico que reciben quienes lo practican desde la élite.

Tienen becas. Diréis más de uno. Sí, es cierto. Pero, ¿este apoyo económico les permite preparase como dios manda?, ¿dedicarse en cuerpo y alma a él?

Ya lo dijo hace unos días Fátima Gálvez, una tiradora cordobesa a punto de dar una medalla a España: «Rossi -la italiana que ganó- ha estado intratable, pero hay que comparar su preparación y sus posibilidades con las nuestras. Yo he estado todo el año terminando la carrera de Enfermería, y ella tiene dedicación absoluta. Entiendo que hay una crisis muy mala y que todos tenemos que apretarnos el cinturón, pero hay que ver que con recortes también se recortan las medallas. Y entiendo la mala situación, que en mi familia tengo una hermana que también está teniendo problemas». Más claro el agua.

Por eso me hace gracia al escuchar a algunos comentaristas de los JJOO. Como los que retransmitieron ayer el oro olímpico de Joel González en Taekwondo. Decían que menudo mérito tiene este chavál de 22 años que compagina sus estudios de crimonología y empresariales con la práctica de este deporte.

Y yo les digo. Porque no le queda otra. Es eso o vivir del aire. O  que te mantengan tus padres y cuando te retires de este deporte encontrarte con que, a parte de tus medallas y trofeos -si has conseguido alguno- no te queda nada. Tienes que empezar de cero.

Creo que nunca he escuchado ni leído que algún jugador de fútbol o baloncesto o algún tenista esté compaginando el deporte con sus estudios universitarios. Seguro que los hay. Gente inquieta y con ganas de formarse hay en todas partes pero no creo que lo hagan por supervivencia, sino porque les gusta.

Es muy triste que las escuelas de atletismo apenas cuenten con chavales que quieran dedicarse a este deporte mientras que las del fútbol están llenas. Si no hay cantera es muy difícil conseguir a los mejores.

Y no creo que sea porque les guste menos el atletismo, la natación o el taekwondo que el fútbol. Para gustos, los colores. Pero seamos realistas. Se gana menos. Infinitamente menos. Y el aire no da de comer y un fajo de billetes, sí.

Además, todos sabemos que el sacrificio y la entrega en esos otros deportes, minoritarios, les llaman -el atletismo es el deporte rey vale, pero mucha gente sólo se acuerda de él en los JJOO- es inversamente proporcional a la de un jugador de fútbol. ¿O no? Me quedo helada más de una vez al leer en twitter las sesiones dobles que se meten ‘pal cuerpo’ algunos atletas españoles.

La pena es que, al fin y al cabo, todo se reduce al dinero. Cuando era pequeña -tendría uno 12 años- le dije a mi padre que quería apuntarme a atletismo. Su respuesta fue: “Es muy sacrificado. Se sufre mucho para nada”. Y lo peor es que estoy convecida de que estas palabras las repiten muy a menudo muchos padres a sus hijos. Si te sale bueno, mejor que sea futbolista que fondista.

Ahora que me apasiona correr, me arrepiendo de no haber sido más tenaz en esta decisión -quizás no me apetecía tanto-. No creo que hubiera sido buena, ni mucho menos, pero me habría descubierto esta pasión mucho antes.

Por eso, no podemos pedir peras al olmo. El medallero español no es si no un reflejo de la importancia que se da al deporte a este país. Ninguna si no es fútbol, tenis o baloncesto. Y paradójamente, al menos hasta la fecha de este post, llevamos dos roscos bien gordos. Esperemos que no sean tres.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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