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Así cualquiera termina una media, con cuatro liebres…

Jajaja. Hacía ya una semana que no escribía. No he parado.

Dicen que en el segundo trimestre es cuando con más energía te sientes. Pero cuando ya tienes un niño, creo que la regla no se cumple. Yo acabo todos lo días machacada y con pocas ganas de sentarme delante del ordenador y escribir. Bueno, y de salir a correr o acercarme al gimnasio ni os cuento…

En fin, simplemente me he conectado para subir esta fotografía que me ha hecho mucha gracia -cortesía de Fernando, tío de Tony- y me ha traído muchos recuerdos.

Hay que ver lo mal que lo pasé. Para quienes no conocéis Segovia ni el recorrido de la Media Maratón, el montaje está realizado justo antes desde donde emerge entre las piedras el Acueducto.

En la imagen ya llevaría sobre mis piernas, aproximadamente, 20 kilómetros. Vamos, cuando todo el mundo empieza a gritarte, “vamos, que no queda nada” y tú piensas, “me cagoentoooooo” que llevo jodida desde el kilómetro 7 y con calambres desde el 14. Pero es cierto, el sufrimiento es ya sólo cuestión de minutos.

Este año me vuelvo a perder la Media Maratón -creo que es a finales de marzo- y también la primera edición de la Carrera Monumental Ciudad de Segovia -este próximo domingo-, pero el próximo año volveré a estar al pie del cañón.

A topeeeeee…

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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