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Es superior a mí, el gimnasio es un coñazo

¿Ourdoor o indoor? ¿Hacer deporte en un gimnasio o al aire libre?

Supongo que no hay una única respuesta. Depende. ¿Pero de qué?

De los gustos de cada uno, de sus aficiones, del tipo de entrenamiento que realiza, de los objetivos que se persiguen…

En mi caso concreto, me gusta correr. Pero correr al aire libre, por el parque. Haga frío o calor. No tanto si llueve. Me gusta ponerme los cascos o no y desconectar, o al menos intentarlo, porque no siempre es posible.

Disfruto corriendo al aire libre. Bueno, a veces no tanto porque cuando intentas seguir un plan de entrenamiento no siempre te apetece salir a correr. Pero lo haces.

Por eso, me cuesta horrores meterme en un gimnasio, básicamente porque no me queda más remedio.

Antes de que naciera Nicolás también iba, pero por motivos muy diferentes, porque un día a la semana tocaba hacer máquinas. Y, o vas al gimnasio, o complicado.

Ahora no me queda más remedio. Con el embarazo he seguido corriendo, pero me ha surgido un contratiempo con el que no contaba: un dolor en la rodilla derecha.

Con un poco de suerte puedo hacer algo de ejercicio tres días a la semana. Uno de ellos intento salir a correr. Unos 40 minutos (cerca de 7 km). A mitad de carrera suele aparecer el dolor. Depende de si he ido más o menos rápido. Esto me obliga a ir el resto de los días al gimnasio. A hacer elíptica y si me apetece, algo de máquinas.

Y me aburro sobremanera. Esos mismos 40 minutos son eternos. No puedo apartar la mirada cómo avanzan lentamente los segundos y los minutos. Un auténtico coñazo. Me pongo la radio, escucho música. Da igual, es muy aburrido. Y si se me olvida el MP3, ya ni os cuento. Y el tiempo que dedico a las máquinas, soporífero.

Y lo peor de todo es que al mirar a través de los cristales veo a quienes sí pueden entrenar al aire libre. Qué envidia.

También me queda el recurso de fijarme en la gente que acude al gimnasio. Y pienso, por qué no cogen la bici -a los que están en las bicicletas estáticas- o salen al aire libre a correr con lo bueno que hace -a los que están en la cinta o en la elíptica-. Y me respondo, será que les gusta esto de venir al gimnasio. O que en realidad no les gusta hacer deporte, sino que es una dura obligación que se han impuesto para sentirse mejor consigo mismos tras unas navidades repletas de excesos.

De hecho, siempre pienso que muchos de ellos no aguantarán ni dos meses así. Y me pregunto, ¿por qué se gastan el dinero, con lo barato que es disfrutar del ejercicio al aire libre?

Supongo que porque les gusta. O les compensa de alguna manera. ¿Tiene que haber gente para todo no?

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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