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Frustrante: casi un mes sin entrenar

El 5 de octubre realicé mi último entrenamiento.

Como os comenté en el último post, vuelvo a estar embarazada. Estoy de 10 semanas y durante el primer trimestre, el ginecólogo me ‘recomendado/ordenado’ que nada de correr.

Vamos que nada de ejercicios que impliquen algo de impacto. Éste es el trimestre más peligroso en cuanto a abortos y, obviamente, no me voy a poner cabezota y a desobedecer a un profesional.

Pero aunque quisiera, tampoco podría. No soy de las que tienen embarazos sencillos. Náuseas, vómitos, malestar, muchísimo cansancio… están siendo una constante en las seis últimas semanas. Cualquier momento que tengo, por pequeño que sea necesito descansar.

Puedo nadar, hacer elíptica, bicicleta estática, andar… pero, muy a mi pesar, apenas puedo moverme. Vamos, que estoy  hecha una badofia, y me da mucha rabia, pero bueno, es lo que hay y a las malas, dentro de siete meses estaré de nuevo dando guerra.

Por lo pronto, intentaré sacar fuerza los fines de semana para dar uso al remolque que compramos para salir a correr con el pequeño Nicolás. Es ligero, a pesar de lo aparatoso que parece. Ya os iré contando.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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