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Balance de agosto: 163 km y más de 14 horas de entrenamiento

Se acabó lo bueno. Comienza septiembre, vuelta al trabajo, a la rutina y ya puedo comenzar a despedirme de salir a entrenar bastantes días a la semana. Si mi cuerpo y las ganas me lo permiten, a partir de ahora me daré con un canto a los dientes si alcanzo los cuatro días a la semana. Todo es ponerse pero ya sabéis que cuando al cuerpo no le apetece, cuesta mucho.

Por lo pronto, he despedido julio y agosto con unas cifras bastante significativas para mí. En ambos meses he superado los 160 km -vamos, lo que se hacen @chemitamartinez y @VillalobosPablo en apenas una semana-, pero teniendo en cuenta que en los meses anteriores apenas llegaba a los 80, estoy bastante satisfecha la verdad.

Comencé agosto con grandes propósitos. Incluso hice un día de técnica de carrera. Pero hasta ahí. Al final, con el niño, las vacaciones, algunos días en el curro… lo más práctico ha sido salir a rodar lo que el cuerpo me iba pidiendo. De media, unos 9 kilómetros por sesión.

También he tenido tiempo para hacer incluso una carrera popular. Mi primera pedrestre, en Torrecaballeros, con muy buenas sensaciones y un tiempo bastante majo si tenemos en cuenta los primeros 6 km de subida y dos cuestas tremendas para rematar el circuito.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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