0

Mi primera carrera pedrestre: 12,3 km a 5,06m/km

En el último año he hecho seis carreras populares. Desde una media maratón, pasando por carreras urbanas y mi primera pedrestre, una gran experiencia.

Estoy contenta por varios motivos. Hace casi un año di a luz y a día de hoy me siento incluso en mejor forma que antes de quedarme embarazada. Y eso, a pesar de que ahora, con el pequeño Nicolás, tengo bastante menos tiempo para entrenar.

Mi última experiencia en una popular ha sido una carrera pedrestre: VI Carrera del Esquileo en Torrecaballeros (Segovia). 12.300 metros por caminos de ovejas, a los pies de la sierra y tragando algo de polvo. Tampoco ayudaron las condiciones meteorológicas: demasiado calor, por encima de 30 grados a pleno sol (salimos a las 7 de la tarde), sin un solo árbol en todo el recorrido.

No tenía un objetivo claro para la carrera. Me propuse sólo controlar las pulsaciones con el pulsómetro, aparcando cualquier tentación de echar un ojo a la velocidad. Basta con ver el perfil del recorrido para saber que lo mejor es correr a gusto, sin forzar, para no pinchar. Menudas cuestas. He de decir que no conocía el recorrido, sólo había visto este gráfico, que daba algo de miedito.

El primer kilómetro me sirvió para ir tomando posiciones y cogiendo ritmo. Como en otras carreras, algo de embotellamiento con una dificultad añadida: el terreno. Había que ir con mucho cuidado por lo irregular del terreno, lleno también de piedras.

Pronto comenzamos a subir. Unos cinco kilómetros sin parar, de subida continua. Comencé a tomar posiciones y a coger un ritmo con el que me sentí cómoda durante todo el ascenso.

Las vistas y el paisaje eran espectaculares. Aunque más espectacular era contemplar la cabeza de la carrera, varios kilómetros por delante y a toda velocidad que no dejaban de subir y subir. Así durante casi 6 kilómetros, una pasada, aunque el cuerpo me respondió y, dentro de lo que cabe, me sentí relativamente cómoda subiendo. Todo lo cómodo que puede sentirse uno rodando cuesta arriba sin parar, a buen ritmo y con el calor apretando.

En el kilómetro 5 estaba el avituallamiento. Una pequeña bajada para poder refrescarnos y, de nuevo, a subir.

Otra de las cosas que tenía clara antes de comenzar la carrera era la necesidad de hidratarme para evitar sustos. Si había que reducir el ritmo para beber, pues se reducía. Aflojé algo tras el primer avituallamiento y otra vez a coger el ritmo.

Pasado el sexto kilómetro, tocaba bajar. Apreté pero con cuidado. El terreno era algo irregular. Me sentía con fuerzas pero todavía quedaba más de la mitad de la carrera por delante.

Tenía en mente que el final del recorrido era muy duro, pero no me imaginaba lo que nos quedaba por delante una vez finalizó la bajada. No pude contenerme y gritar “Joder la que nos espera” al ver una cuesta, no demasiado larga pero con una pendiente, según he leído en algún foro, del 30%. Una pasada.

Desde lejos veía cómo los demás corredores subían la cuestecita andando. Yo logré subir corriendo los primeros metros pero luego desistí y tuve que terminar la cuesta andando. Una vez arriba fue bastante duro retomar la carrera, pero poco a poco volví a coger el ritmo.

Todavía, quedaban varios kilómetros para la meta. Segundo avituallamiento y de nuevo perplejidad ante la que se nos venía otra vez encima. Otra pedazo de cuesta increíble, aunque algo menos empinada y más larga. Pensé que si quería terminar bien la carrera, en ésta no me podía parar. Así que pasitos cortos y poco a poco. Llegué arriba y tras varios metros, las piernas volvían a responder. Lo peor ya estaba hecho y apenas quedaban 500 metros para terminar.

Al final incluso pude apretar algo y arañar algún segundo. La sensación al terminar fue genial. Un tiempo que no me esperaba (1:03:30 según mi pulsómetro) y un sexto puesto entre las féminas. A 14 minutos de la primera y a 4 de la quinta. Es cierto que sólo éramos 20 chicas corriendo, pero hace ilusión.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *