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Balance de mayo: vamos de mal en peor; 8 horas y 87,5 km

He venido quejándome en los últimos balances mensuales de lo raquítico que han estado siendo los datos.

Los de mayo se llevan la palma y eso que pensé que el resultado mensual iba a ser mejor que los anteriores.

Pues nada, sólo he podido salir en 11 ocasiones a entrenar con un total de poco más de 8 horas y cerca de 88 kilómetros.

Creo que retomaré los rodajes largos de los domingos y entre semana o los sábados, en lugar de 8 km pasaré a 10 ó 12 km. O como me dice mi conciencia después de leer esto: “Lo que tienes que hacer es mejorar la calidad de las sesiones”.

No obstante, si lo que estoy haciendo ahora son carreras cortas, me vendría también muy bien hacer series de vez en cuando. Tengo que ponerme seria.

Estos datos desaniman un poco, especialmente si tengo en cuenta que mañana estrenamos mes y creo que hasta el domingo no podré entrenar. Me he apuntado a la I Carrera Solidaria del Santander (10 km). Así que desde este domingo (Carrera Liberty) nada de nada.

El trabajo, el niño y la falta de tiempo es lo que tiene. Eso y tener como pareja a una persona con mil historias en su agenda: que si oposiciones, que si entrenamiento de atletismo, que si competiciones, que si academia…

Menos mal que en junio termina las clases y las oposiciones están en el aire, así que espero ponerme las pilas en verano. Aunque ésa es otra, entre el calor y las vacaciones, a ver qué se puede hacer. Por ganas no va a ser.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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