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No pienso mentiros: corriendo a veces sufro

Este último sábado he llegado a una conclusión que seguramente parecerá bastante obvia para todos aquellos a los que os gusta mucho correr como a mí. Bueno, y a los que salís de vez en cuando, seguro que también.

Los fanáticos de este deporte somos un poco masocas. Salimos aunque haga mucho frío, nieva o llueva. Tegamos ganas o no. Renunciamos a muchas cosas por salir a entrenar lo máximo posible. Madrugamos, trasnochamos, según el caso. Y además, sufrimos corriendo.

No es la primera vez que lo pienso, pero aprovechando la puesta en marcha del blog me apetece contarlo.

Desde que comencé a correr tras el embarazo he descubierto diferentes maneras de sufrir corriendo. Bueno, quizás la palabra sufrimiento no sea la más adecuada, pero lo que es cierto es que en ocasiones se realiza un duro esfuerzo físico y mental.

1.- Cuando volví a correr tras los nueve meses de gestación, sufría porque apenas aguantaba 20 mintos y me dolía todo el cuerpo, especialmente debajo de las costillas. Este sufrimiento me duró el primer mes y medio. Después, mi cuerpo se adaptó y recordó gran parte de lo que había aprendido antes del embarazo.

2.- Cuando te fijas un plan de entrenamiento de cara a una competición hay días en los que se sufre bastante. Por un lado está el esfuerzo psicológico que en mi caso se produce cuando sé que tengo que salir y salgo aunque no me apetezca nada.

Y por otro, el físico. Por ejemplo, con los cambios de ritmo o el fartlek. A bote pronto, correr durante tres minutos a tope parece sencillo. Pero no lo es. Cuando paras estás doblado y sólo cuentas con otros tres minutos para recuperate. Tras este pequeño descanso trotando, vuelta a empezar y así otras dos veces (os pongo el caso de mis cambios de ritmo, porque no siempre es así). El lado positivo de este sufrimiento es la sensación de relax que se te queda en el cuerpo tras los estiramientos y la ducha.

3.- Sin embargo, cuando realmente puedo hablar de sufrimiento más que de esfuerzo físico se produce cuando tu cuerpo no responde como quieres y le das más caña de lo necesario. Éste es el que experimentñe el pasado sábado. Tuve que entrenar por la tarde ya que no pude por la mañana. Tenía que salir sí o sí ya que la media de Segovia se acerca y la semana anterior apenas pude entrenar.

Había comido fuera con mi familia. Algo ligero. Sin embargo, no lo suficiente como para haber completado la digestión en hora y media.

Comencé el entrenamiento bastante fuerte y con muy buenas sensaciones en general. Las piernas estaban muy ligeras y las pulsaciones bajo control. Aguanté varios kilómetros por debajo de cinco minutos (el km).

Completé la primera vuelta del recorrido (algo más de 4 kilómetros) y comenzó la pesadilla. Tenía que completar otra vuelta y las fuerzas no sólo empezaban a fallar, sino que comencé a tener problemas de estómago.

Por lo que he leído, el estómago necesita de la sangre para hacer la digestión. Sin embargo, cuando realizamos algún esfuerzo físico, el cuerpo necesita de la sangre para llevar oxigeno a los músculos. En este enlace está muy bien explicado.

No veía el momento de terminar. Me dolía bajo las costillas, la comida se me subió a la garganta y os puedo asegurar que lo pasé realmente mal. Mi problema vino, principalmente, por mi cabezonería por querer terminar el entrenamiento, lo que provocó con toda probabilidad que la sangre dejara de trabajar para el estómago y lo hiciera para mis músculos, congelando el proceso digestivo. Conclusión, acabé con el estómago hecho polvo, muy muy revuelto durante aproximadamente una hora. Además, durante el resto de la tarde tuve molestias.

Todo esto unido a que, para variar, no estiré, provocó que el domingo mis cuádriceps estuvieran hechos polvo para afrontar un rojade largo. Poco más de una hora trotando y unos once kilómetros y podía darme por satisfecha.

Podría deciros que no me volverá a pasar. Que he escarmentado, pero os mentiría porque estoy convencida de que tropezaré de nuevo con la misma piedra y volveré a sufrir.

¿Es amor al arte o no?

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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