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El placer de correr en compañía

Hacía mucho que no me sentía tan bien corriendo. Por primera vez en un año he vuelto a tener compañía a la hora de correr y ha sido genial.

Mi pareja (el responsable de que me encante correr) y yo hemos vuelto a salir juntos. Pensé que no volveríamos a hacerlo en bastante tiempo pero la crisis así lo ha querido. No hay oposiciones, luego no hay que estudiar.

Varios meses de duro trabajo tirados a la basura pero como lamentándonos no ganamos nada, hemos decidido mirar el lado positivo de las cosas. Podremos pasar más tiempo juntos y con nuestro pequeñajo y cuando los abuelos puedan quedarse con él, volver a trotar en compañía.

Él estaba algo desentrenado, así que hemos llevado un trote suave. Hemos hablado y hemos reído y me han venido a la mente muchos buenos momentos.

Como cuando comencé a correr. Recuerdo que era verano y estábamos de vacaciones. Apenas aguantaba 15 minutos y de hablar, nada, por supuesto. Lo odiaba.

Aprovechávamos las mañanas. Salíamos por Segovia. Detrás de las pistas de atletismo. Algunos días hasta hacíamos algo de técnica de carrera. No me gustaba. Pensaba que no servía para nada.

Fueron pasando los días y esos 15 minutos se transformaron primero en 30, luego en 40 y varios meses después, en una hora de rodaje. No me lo podía creer. No por el hecho de aguantar tanto tiempo corriendo, sino porque sencillamente me gustaba.

Desde entonces siempre habíamos buscando un hueco para entrenar juntos y cuando a alguno de los dos nos fallaban las fuerzas o las ganas, siempre estaba el otro para tirar del carro.

Y siempre se lo agradeceré porque mientras yo iba mejorando y ganando fondo, él mejoraba con mucha mayor lentitud su rendimiento. Por eso, cuando decidimos hacer algunas carreras populares, llegó el momento de que cada uno llevara su propio entrenamiento. No obstante seguíamos saliendo juntos (ya fuera por el parque o por las pistas) pero cada uno a su ritmo.

Cuando me quedé embarazada, prácticamente tuve que dejar de entrenar. Los vómitos de los tres primeros me dejaron sin fuerzas y una mudanza en los meses siguientes hicieron imposible que pudiera seguir trotando (sólo conseguí salir a correr en contadas ocasiones).

Él siguió corriendo y hasta hoy no habíamos vuelto a correr juntos. Estaba anocheciendo y el tiempo, a pesar de estar en pleno invierno, acompañaba. Cuando volvíamos para casa sólo pensaba una cosa: cómo me gusta salir a correr con mi pareja.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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