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¿Quieres ponerte en forma y perder peso?… ¡pues mueve el culo!

Da igual la época del año que sea. Después de Navidades, antes del verano… El caso es que, al menos tres o cuatro veces al año -si no más-, las mayoría de mujeres o jóvenes decidimos ponernos a dieta para perder peso. Es una auténtica obsesión de la que muchas empresas y personas intentan aprovecharse.

Estoy harta de escuchar anuncios en televisión y en radio y consejos de expertos sobre cómo adelgazar. Para ellos, lo que comemos y cómo lo comemos es fundamental pero no sé por qué, siempre dejan para el final lo que para mí es lo más importante: el ejercicio físico. Será porque salir a correr o a andar es gratis y nadie se beneficia con ello excepto, claro está, quien lo practica. Pero hay que vender.

Mi experiencia personal me ha demostrado que no hay nada mejor que hacer deporte para sentirse bien con una misma y, de paso -aunque creo que van de la mano-, quitarse de encima unos kilitos.

Nunca fui una niña rellenita, pero recuerdo que cuando comencé el instituto y dejé de hacer el poco ejercicio que hacía entones -ballet tres horas a la semana-, aumenté de peso. Comencé una vida sedentaria que, unido al cambio hormonal propio de la adolescencia, se tradujo en unos cuantos kilos de más. Desde entonces, y de la mano de mi madre, cada dos por tres intentaba ponerme a dieta.

Que si pescado y carne a la plancha, verduras, fruta… Tampoco faltaban los productos milagro de moda en el aquel momento: las barritas y batidos que sustituían las comidas. En mi sincera opinión, además de asquerosos, no creo que sirvan para mucho.

Nada funcionaba. ¿Por qué? Supongo que la falta de constancia -al cuarto o quinto día me empachaba a bollos o a lo que se me pusiera por delante- y sobre todo, no movía nada el culo del sofá.

Han tenido que pasar más de diez años para que intentara lo único que hasta entonces había evitado: hacer algo de ejercicio.

Esta vez no fui de la mano de mi madre sino de la de mi pareja, en la actualidad maestro de educación física y entrenador de atletismo. Me apunté a un gimnasio para desempolvar mis músculos, algo atrofiados después de tantos años sin moverse.

Gimnasia suave, algo de musculación, bicicleta estática, elíptica y finalmente me lancé a la cinta de correr. Hice algo de aerobic y ciclo indoor hasta que un día, cansada de supeditar el ejercicio a los horarios del gimnasio, decidí salir a correr al aire libre.

No será tan difícil, pensé. Total, llevo casi un año moviendo el esqueleto. Pues sí, fue difícil. Apenas aguantaba diez minutos a un ritmo ridículo y recuerdo cómo me dolía todo el cuerpo y las dificultades para mantener la respiración.

La constancia y la suerte de contar con una persona que no sólo me animaba a no decaer sino que salía a correr conmigo cuando las ganas me fallaban, me permitieron sentirme cada vez más cómoda.

Ahora ya no necesito a mi pareja para salir a correr. Simplemente me gusta y me apetece y si estoy preparando una carrera y tengo un plan de entrenamiento a seguir, busco las fuerzas hasta debajo de las piedras.

Corriendo conseguí mi objetivo. He perdido peso y me siento estupendamente. No he vuelto a seguir ninguna dieta y como lo que me apetece. A ver, no me como cinco donuts al día, pero antes de comenzar a correr tampoco lo hacía.

Además, he encontrado una afición que me libera de las tensiones del día a día y me motiva.

Y os puedo asegurar una cosa, aunque correr me supuso un gran esfuerzo durante los primeros meses, ese esfuerzo era infinitamente menor al que debía realizar cada vez que me ponía a dieta.

No tienes por qué salir y correr media hora. Si nunca has salido a correr, no aguantarás. Lo más importante es que te pongas las zapatillas y salgas. Esos cinco o diez minutos que seguramente aguantarás los primeros días, te sabrán a gloria y un día, sin darte cuenta, saldrás a la calle, o al parque, y te olvidarás del reloj.

Porque tu cuerpo se habrá adaptado a correr y te gustará. Disfrutarás y además te olvidarás de las dietas para siempre.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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