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Y nueve meses después… aquí estamos de nuevo

Hace cinco meses di a luz y hace cuatro volví a correr. Las náuseas del embarazo y algunos contratiempos personales me impidieron hacer deporte de manera regular durante los nueve meses de gestación.

En las contadas ocasiones que pude hacerlo, especialmente en los cuatro primeros meses de embarazo, muchas personas me miraban con perplejidad e incluso llegaron a tacharme de irresponsable.

A partir de tercer mes de gestación, una vez superada la etapa de riesgo a sufrir un aborto, mi ginecólogo me recomendó correr sobre superficies blandas, a un ritmo pausado y controlando tanto las pulsaciones como la temperatura corporal.

Apenas pude salir una docena de veces a entrenar por lo que podéis imaginar las ganas que tenía de volver a calzarme las zapatillas una vez di a luz.

El 29 de agosto de 2010 nació Nicolás. Fue un parto rápido, sin complicaciones. Dos días y a casa. La primera semana fue dura, físicamente hablando –quienes dicen que dar a luz se parece mucho a participar en un combate de boxeo, no mienten-, pero durante la segunda, mi cuerpo empezó a recuperar sus fuerzas y a la tercera ya estaba dispuesta a volver a las andadas.

He de decir que no pude dar el pecho y opté por la lactancia artificial. Además, decidí volver a correr un par de semanas antes de mi primera revisión con el ginecólogo. Con esto quiero decir que todavía no había recibido el visto bueno de un profesional médico para volver a hacer ejercicio. Pero no podía esperar más.

Busqué información en Internet sobre cómo retomar el ejercicio tras el parto pero lo que encontré fue bastante confuso, así que decidí escuchar a mi cuerpo y éste me pedía a gritos volver a activarse.

No fue fácil y siempre tuve algo muy claro. Habían pasado casi nueve meses sin hacer más ejercicio que salir a andar y apenas habían pasado veinte días desde que di a luz. Tenía que tomarme las cosas con calma.

El primer día fue bastante frustrante. Apenas pude aguantar 15 minutos a unas 150 pulsaciones y a un ritmo bastante ridículo. Además, un dolor similar al del flato apareció prácticamente al comenzar a correr debajo de mis costillas. Primero a un lado y después al otro. Pero conseguí dar una vuelta al parque. Al igual que cuando comencé a correr, hace ahora cuatro años pensé en lo que me dijo mi pareja: tienes que tener paciencia. Eso mismo me lo repitió aquel día.

Varios días después salí de nuevo a correr. Las sensaciones fueron muy similares a las del primer día. Tuvieron que pasar casi dos meses hasta que me vi con fuerzas suficientes para intentar correr al menos 40 minutos y casi tres meses hasta que me atreví con mi primera carrera popular. Fue la de Paracuellos del Jarama, un auténtico rompepiernas. Mi tiempo fue algo peor que el de hacía un año, pero conseguí terminar. Agotada, pero satisfecha.

Posteriormente vino el Trofeo Akiles de la Casa de Campo. Conseguí mi modesto objetivo. Bajar de cinco minutos el kilómetro y ahora, a punto de reincorporame al trabajo, aprovecho todo el tiempo que tengo para prepararme la Media Maratón de Segovia.

No me conformo con terminar. Tampoco espero mejorar el tiempo de hace dos años. Sólo quiero ponerme las zapatillas y disfrutar.

Elena Sanz Álvarez

Llevo corriendo desde 2005, el mismo año que conocí a mi pareja, hoy mi marido. Antes de conocer a Tony jamás pensé que correr pudiera convertirse en una de mis grandes aficiones. Porque los comienzos no fueron nada sencillos. Cuando tu cuerpo lleva demasiados años postrado en un sofá o en la silla de la oficina, poner un pie detrás del otro a cierta velocidad no resulta nada sencillo. Los primeros días, las primeras semanas, incluso los primeros meses, odiaba correr. Era una auténtica tortura y, las famosas endorfinas en raras ocasiones hacían acto de presencia. A pesar del sufrimiento, no tiré la toalla. Tenía un objetivo -perder algunos kilitos de más- y estaba dispuesta a conseguirlo. A mi lado tuve siempre a Tony. No solo me orientó en mis comienzos, aconsejándome, por ejemplo, que me apuntase a un gimnasio para preparar a mi cuerpo para el esfuerzo al que iba a someterle, sino que, ante mi frustración por no aguantar más de cinco minutos seguidos corriendo y la ausencia de pérdida de peso, me empujó a seguir adelante y a no tirar la toalla. Ha llovido mucho desde entonces y, desde hace casi diez años, nunca he dejado de calzarme unas zapatillas, excepto durante el parón forzado durante mi primer embarazo. Sin embargo, sí corrí lo que mi cuerpo y mi rodilla derecha me permitieron durante mi segundo embarazo. Hasta he corrido una maratón, a pesar de repetir hasta la saciedad que nunca -o al menos hasta que mis hijos no fueran mayores-, que nunca correría una. Hoy en día no concibo mi vida sin el running, sin unas zapatillas de correr, sin un rodaje por el parque. Corro por el simple placer de correr y por el subidón que me produce superarme a mí misma un poquito cada día. Ya no corro para perder peso, corro porque me niego a que el sedentarismo se apodere de nuevo de mí y porque cuando me calzo unas zapatillas me siento viva. Tengo dos hijos, trabajo y a mis días les faltan horas pero me organizo para poder salir a correr. No valen las excusas. Y a ti, ¿no te gustaría darle una oportunidad?

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